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Ana García, magistrada en Bilbao: "La mayoría de las veces no puedes hacer nada, tienes que aplicar la Ley"

19 de marzo de 2013

Ana García Orruño

Ana García Orruño es magistrada de primera instancia en Bilbao. Madre de dos hijos, admite que le resulta difícil conciliar la vida laboral y la familiar. Trabaja mucho desde casa, y hay noches en las que el trabajo puede quitarle el sueño, sobre todo con los últimos casos que han derivado de la Ley Hipotecaria.

¿Cómo llegaste a ser magistrada?
Después de sacar las oposiciones me fui a Barcelona a la escuela, y luego el primer destino que me tocó fue Balmaseda. Había muy poquitos vascos en la escuela, poca gente se quería venir al País Vasco en aquella época, y me quedé yo en Balmaseda. Era juzgado único y estaba yo sola. En aquella época sólo había un juez, ahora ya hay dos.

¿Fue un comienzo duro?
Lo primero que me encontré fue que tenía que hacer incapacidades y tenía que ir a residencias de ancianos. Y claro, yo había estado haciendo prácticas en psiquiátricos solo un día. Como iba con la forense, y la forense ya sabía, no fue para tanto. Luego me tocaron levantamientos de cadáver, ¡en el monte! Después de aquello dejé un kit de montaña en el despacho.

¿De qué se compone un Kit de montaña para una jueza?
De unas botas y un chubasquero, porque claro… no sé por qué se morían en el monte, había que subir, y cosas por el estilo. A partir de aquello ya tuve preparadas las botas y todo, para lo que surgiera.

Así que la primera vez, ¿te pilló por sorpresa?
Iba con zapatos normales, y la forense me dijo ¡uy! Te voy a dejar unas botas de mi hija. Y me dejó unas botas de su hija, imagínate. Pensaría “ésta se me desmorra por el monte”. Desde entonces dejé el kit. Lo utilizaba para levantamientos de cadáver y reconocimientos judiciales, porque había muchos temas de tierras y había que ir a mirar linderos, mojones, cosas de ese tipo.

Era divertido, tenía sus cosas. Ibas y decías “qué será un mojón”, y veías lo que es un mojón. En la carrera estudias deslindes y amojonamientos, pero no has visto ninguno in situ. También aprendes un vocabulario muy variado, de palabras de estas que no has oído en la vida y que a cualquiera que se las digas, no las conoce. Luego en el 2003 ascendí y me vine aquí, a Bilbao.

Un gran cambio…
Sí, noté un cambio total. Aquí en Bilbao por ejemplo llamamos a los cuatro ochos cuando hay un problema informático, allí en cambio se te estropeaba la impresora y nadie venía a cambiarla, tardaban un montón. Aquí, en cuanto tienes un problema, enseguida te viene un técnico, te cogen el control remoto y te lo solucionan. En Balmaseda carecías mucho de medios.

Mucha tecnología habrá, pero sobre tu mesa veo que aún hay montones de papel…
Si, seremos de las pocas administraciones que utilizamos papel. Vas a Hacienda y no ves un papel, y en Justicia es todo papel, papel y papel. Y vamos con el carrito de la compra, no sé si te has fijado.

¿Como en el supermercado?
Sí, todos los juzgados tenemos nuestro carrito de la compra, como en el supermercado pero sin moneda. Los utilizamos para llevar o traer los expedientes, o para subirlos a notificaciones, procuradores... el carrito lo llevamos todos: jueces, secretarios. Yo cuando tengo algún asunto gordo sí que lo llevo, lo que pasa es que yo tengo mala suerte porque mi sala no está adaptada para minusválidos. En estrados hay un escalón y no han puesto rampa aún, pero en el resto de salas sí la hay. Nosotros accedemos por la parte de atrás, entonces sí que queda a la misma altura.

Hablando de salas, ¿se pone muy nerviosa la gente en los juicios?
Hay gente que si, se pone muy nerviosa. Impone mucho, porque los jueces, abogados y procuradores estamos sentados arriba: con la toga, vestidos de negro. Y luego, además, el procedimiento es muy rígido, muy ceremonioso: “Tiene la palabra”, “con la venia su señoría…”. Hay a gente que esas cosas le impresionan. Mucha gente viene nerviosa porque es “su asunto”, y lo van a ver, y quiere que el juez se entere bien de lo que pasa. Entonces sí que se pone nerviosa. Luego hay gente que no, que son habituales de los juzgados, y se sientan y tal cual. Pero las que van a venir una vez sólo en su vida, o muchas han tenido la mala suerte de ser testigos de un accidente, y tienen que venir, y yo creo que muchas de ellas sí que se ponen.

Los jueces en cambio, parecéis imperturbables
Yo al principio sí que me ponía nerviosa, y también me ocurre cuando tengo un asunto complicado en el que hay mucha tensión. La verdad es que hay juicios que van muy fluidos, le das la palabra a una parte, a la otra, preguntan. Pero hay otros juicios en los que “¡Protesto!” “¡Impugno!" ”¡Planteo tal o cual!”, tienes que estar muy atenta y acabas poniéndote en tensión. Al principio era también porque no tenía experiencia; con los años aprendes a suplir tus carencias. Cada vez hay menos cosas que te sorprendan, porque ya has visto más cosas y tienes más práctica.

¿Cuántas vistas puedes llegar a tener en un día?
Cerca de ocho. Solemos empezar a las 9:00 y el último señalamiento tratamos de hacerlo a las 13:30. Pero la duración de cada juicio depende de diferentes factores, entre ellos el asunto y los abogados: si presentan más o menos pruebas.

¿Es un gran volumen de trabajo?
Yo cuando hago los juicios tengo que llevarme el trabajo a casa para poner las sentencias. Y claro, luego vienen los niños del cole. Alguna vez sí que me han dejado poner alguna sentencia con ellos, oyéndoles gritar y alborotar, pero en general no lo hago y espero a que venga mi marido. Como mi horario es flexible, si él llega a las 18:30 yo me pongo a trabajar a esa hora.

¿Las sentencias las pones en casa?
Claro, todo el mundo lo hace así. Eso de que sólo trabajamos los días que tenemos juicio y por la mañana, no es así. Igual habrá excepciones, como en todo, pero en mi entorno todo el mundo trabaja por la tarde. Los jueces de primera instancia trabajamos por la tarde, todos.

¿No podéis hacer aquí ese trabajo?
No, porque no te da tiempo. Yo por ejemplo los lunes y miércoles tengo juicios, y los martes suelo señalar audiencias previas y cosas que pueda hacer en la sala multiusos. No puedo poner las sentencias los jueves y los viernes a la mañana porque no me da tiempo. Esos días tengo estos montones de papeles de aquí (señala los que hay sobre su mesa), que no son sentencias, son impugnaciones para resolver y cosas de ese tipo. Alguna vez puedo poner alguna sentencia, pero luego tengo que trabajar por la tarde. O me vengo aquí a trabajar -pero claro con los niños no puedo- o me quedo trabajando por la noche. Si te fijas la mayoría de los jueces van y vienen con su maleta.

¿Te llevas los asuntos a la cama?
Ahora con todo el tema de desahucios, habiendo ejecuciones hipotecarias, pues sí, es duro. Porque al principio no piensas en el trasfondo personal que hay, es una ejecución hipotecaria y despachas ejecución porque no tienes otra opción. Pero luego te das cuenta del trasfondo, porque no es que tú ejecutes, es que estás echando a gente a la calle, personas que tienen familia.

Yo he vivido una época en la que no había ejecuciones hipotecarias, había una cada mucho tiempo, de gente que había derrochado o no había sabido organizarse. Pero ahora estamos ejecutando a gente que no paga porque no puede. Gente que se ha metido por ejemplo en muchos préstamos, o que ha partido de la base de que eran una pareja en la que los dos trabajaban y de un día para otro los dos pierden el trabajo.

Encima ves la injusticia: aquí estamos ejecutando las hipotecas de Bankia, imagínate. A esto hay que sumarle que no solo los estás echando a la calle, es que las ejecuciones son para toda la vida. Eso significa que esas personas están civilmente muertas, porque no es que se queden con la casa y ya está, van a seguir, y esa persona va a estar así el resto de su vida.

Ahora unos cuantos juzgados de Bilbao estamos suspendiendo las ejecuciones a la espera de lo que diga el Tribunal Europeo. Se planteó la cuestión allí y estamos a la espera, aunque  eso nos supone mucho trabajo también, porque estás paralizando el proceso y hay mucho recurso, y es un asunto controvertido.

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